Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:
Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado...
Amor Constante más allá de la Muerte. Francisco de Quevedo.
Había días en los que su mirada era, de frente y por las mañanas, como un disparo en sus cojones. Una mirada de falso odio, aparentemente letal pero de la consistencia de un papel de fumar. Otros días, había dejado que la inercia y la ligereza de estar subido a una felicidad casi constante le diese fuste a su lengua impía y algo cruel para decir cosas que no debía decir. Otras veces, cuando ella había estado enfadada, se había centrado más en hacer llegar sus ataques tejidos en vulnerabilidad emocional al corazón de él, que en solucionar sus problemas. Ella estaba pensando en eso, por algún motivo, mientras recorría las calles polvorientas de la ciudad devastada. La boca seca, la ropa rota y los ojos llorosos y enrojecidos.
En un callejón, un grupo de personas se calentaba junto a una hoguera improvisada. No muy lejos, un viejo devoraba el cadáver de un perro atropellado, y una mujer sentada en la parada de un autobús cantaba "La vie en rose" con voz ronca. Todos los edificios estaban cubiertos por una densa capa de polvo amarillento. Las ventanas estaban rotas. En el que había sido un cruce de caminos céntrico de la ciudad, ahora había una decena de coches abandonados, los unos estrellados contra los otros. Suciedad y restos de cosas ahora indeterminadas esparcidos por doquier. Una fina neblina de olor acre vomitaba toneladas de desazón sobre la ciudad y sus habitantes. Pequeñas casas particulares y altos edificios comerciales saqueados, abandonados. El día a día violado y abandonado en algún lugar del pasado cercano que ya nadie recordaba.
Ella imaginó que él estaba con ella y que le cogía la mano. Tenía frío. Tenía hambre. Pero detenerse o buscar algo de comida solo habría aumentado su desespero: tenía que encontrarle. Se oyó un chasquido, el sonido de un cristal roto, un "cállate puta" y
La vie en Rose dejó de sonar.
Trató de cerrar los ojos y de imaginar que estaba en casa. Pero eso solo funcionaba para la gente que había visto El Mago de Oz demasiadas veces. No tenía ni la menor idea de qué había ocurrido, ni de en qué momento las cosas se habían puesto así de chungas. Tenía la memoria y los sentidos embotados, así que no recordaba cual de las veces que le había visto salir de casa para ir a trabajar había sido la última. Pero sí recordaba su tranquilidad cálida en los "hasta la noche", su sonrisa espontánea y feliz del "vamos a follar". Y tuvo la sensación de que no había sabido apreciar todo aquello. De que no se había recreado en su pelo oscuro, su voz quebrada, y sus ojos infinitos las veces suficientes. De que no había sabido hasta que punto tuvo suerte por poder discutir acerca de los planes para el viernes, o por poder deslizar la mano sobre su cuerpo elástico con solo estirar la mano. Y eso era peor que el hambre, el frío, la suciedad o la menesterosidad extrema a la que estaban sometidos. Era, en aquel momento, como recibir una patada en el pecho a cada paso que daba.
A medida que avanzaba hacia la gran vía se topaba con más y más grupos de gente dispersa. No les prestaba mayor atención, sencillamente se limitaba a caminar mirando a ninguna parte y dejando que el agrazón le arañase las entrañas. Ellos no hablaban. Estaban reunidos en grupos de diez o quince personas, y parecían más amalgamas de parásitos en busca de un hospedador incauto que ciudadanos desvalidos. Su mirada era inexpresiva y ponzoñosa, su boca estaba entreabierta y suplicante. Estaban vacíos, tanto su tripa, como su pecho. Lo habían perdido todo y no sabían ni por donde empezar a buscar para recuperarlo. Y el vacío y la pérdida, dan hambre. Y el hambre no entiende de leyes ni acuerdos, de ética o razones, de pamplinas o disciplinas autoimpuestas de estoicidad frente a una posible y necesaria barbarie.
Una ambulancia se había estrellado contra la vitrina del bar donde se habían conocido. Ella ni tan siquiera había reconocido el lugar ni caído en la cuenta de ello hasta que casi se dió de bruces con la camilla que sobresalía entre las puertas abiertas del vehículo. Contempló la escena unos instrantes. Dentro no había nadie. La mesa donde se habían sentado aquella primera vez seguia en pie, aunque todas las demás estaban tiradas y desparramadas por el local. La mesa, con sus dos sillas, en el único rincón intacto. Y le imaginó de espaldas, tal y como le había visto por primera vez, con una cerveza en la mano y a punto de girarse para dedicarle una sonrisa. Le fallaron las piernas y tuvo que retroceder unos metros para sentarse y no desplomarse sobre los cristales rotos. Entonces todos los recuerdos vinieron de golpe. Y taparon la sensación que la había corroído unos instantes antes.
Los descojones gratuitos, los besos, las interminables noches de charla y las borracheras de felicidad. El sonido de las llaves cuando él llegaba a casa, la luz encendida a través de la ventana cuando era ella quien llegaba. La total complicidad que tantas veces habían catado, mental, sexual, musical. El delicioso sabor de las cosas mas nimias, cuando los dos eran conscientes de que nada es trivial si en su insignificancia sirve para ahogar el hedor del estiercol mundano que se extendía más allá de las paredes de su mundo particular. La plenitud absoluta en los recuentos de su vida en común. El amor en estado puro, que llena, que embellece, que se desborda a través de cada poro de la piel y que abrasa las raíces que te atan a la tierra en la que se acumula la porquería y el desamparo.
Y sin pensarlo, chilló "¿DONDE ESTÁS?" A pleno pulmón y varias veces. Fue más un grito de esperanza que un llanto. Y de alguna manera, se sitió por encima de aquella situación. Como se había sentido tantas otras veces por encima de otras, en otro ámbito, gracias a lo que tenía, a quién tenía. Por que la realidad, no era la mera desgracia. La realidad era que ella se trataba de una persona jodidamente feliz a la que habían apartado de la fuente de su felicidad. ¡Y solo tenía que encontrarla de nuevo! Pero
la tenía. Joder, claro que la tenía. Estaba en algún lugar, sepultada en medio de las ruinas.
Pero lo había gritado demasiado alto. Las masas de supervivientes se acercaban a ella, curiosos y de alguna manera, extrañados por su mirada iluminada. Ella no los vió. Tampoco notó la primera mano que se aferró a su muslo. La inanición había insensibilizado su cuerpo desde hacía mucho tiempo. Al principio, la observaron fascinados. Sus huesos casi sobresalían de la piel y su piel estaba macilenta y seca: tampoco habría comido nada desde hacía días, como ellos. Su ropa estaba rota, así que también tendría frío. Estaba allí, luego también estaba condenada a morir en aquel lugar abandonado. ¿Por qué sonreía? ¿Qué era era jodida alegría que la mantenía en pie? Y lo más importante, ¿cómo podrían arrebatársela? La respuesta mas lógica no se hizo esperar. La piel es difícil de desgarrar cuando está viva, pero a medida que va abandonando la voluntad se ablanda. Los dientes hallaron cada vez menos resistencia para hundirse en la carne, al principio dulce. Ella miraba al cielo, y repetía un nombre. Varias veces, su nombre. Cuando perdió la consciencia, el sabor dulce dejó paso a una insipidez total. Aún quedaba gran parte del cuerpo por devorar, pero la multitud perdió poco a poco el interés. Fuera lo que fuese lo que lo hacía apetitoso, había desaparecido, y se fueron retirando para dejar el cuerpo abandonado frente a la vitrina de aquel lugar, que había sido testigo del mismo reencuentro una vez más.
(Imagen tomada de nosedonde, creo que es de un yacimiento o algo parecido.)